La Escritura nos enseña con claridad que Dios es espíritu y está por encima del hombre, pero no deja de describirlo con cualidades humanas que nos hacen más comprensibles sus atributos. En esta perspectiva, Dios ve, mira, oye, tiene ojos, nariz, boca, oído, manos, etc. Se le atribuyen también expresiones y sentimientos propios del alma humana: Él ama, se arrepiente, se alegra, aborrece, rechaza, se venga y se aíra.
Dios se relaciona con el hombre, le demuestra su amor, misericordia y gracia, pero también su ira. No podemos caer en el engaño de pensar que la ira de Dios es incompatible con su bondad, eso desdibuja todo lo que Él es. Ciertamente es una característica divina como lo son la sabiduría, la omnipotencia, la santidad, la inmutabilidad o la fidelidad, por lo que debemos admirarle y reverenciarle como en todo lo demás, porque así lo establecen las afirmaciones categóricas de Su propia Palabra.
“Muchos huyen de la visión de la ira de Dios como si se les obligara a mirar una mancha del divino carácter, o una falta de la autoridad divina. Pero, ¿qué dicen las escrituras? Al leerlas, nos damos cuenta de que Dios no ha tratado de ocultar la realidad de su ira. El no se avergüenza de proclamar que la venganza y el furor le pertenecen (Deuteronomio 32:39-41). Una mirada a la concordancia nos revelará que, hay más referencias al enojo, el furor, y la ira de Dios que a su amor y benevolencia.”[1]
Hebreos 10:28-31 – II Pedro 3:1-18
1. Qué es la Ira de Dios
Dios es amor por naturaleza, pero también santidad y justicia, que le mueven a ejecutar un castigo contra el pecado, esa es la llamada ira de Dios. No es sinónimo de la ira del hombre, pues no es un simple impulso o pasión, sino una actitud de repulsión, indignación y furia ante el mal. La ira de Dios es aquella perfección de la naturaleza divina en la que quedamos inmersos por nuestra rebelión.
2. Características de la Ira de Dios
a. Santa y Justa
Nehemías 9: 32-33, Daniel 9: 16, Miqueas 7: 9
La ira divina no es un hecho pecaminoso o una fisura en el carácter del Creador, pues Dios es perfecto, puro, sin mancha, y Su esencia es Santidad y Justicia. Cuando Su furor recae sobre la creación o el ser humano, existen infinidad de causas que le inclinan actuar de esta manera. La ira de Dios no es arbitraria, como si Dios por cualquier hecho menor o según su propio capricho simplemente se volviera contra aquellos que antes había amado y favorecido. Por el contrario, la ira es la duradera e inquebrantable resistencia de Dios frente al pecado y la maldad.
Es posible dar muchos ejemplos: Los amigos de Job provocan la ira de Dios, por sus consejos necios y arrogantes (Job 42:7). El pasaje de Deuteronomio 29:23-28 nos habla de la ira de Dios que se derrama sobre Sodoma y Gomorra y otras ciudades, por causa de su idolatría. En Deuteronomio 11:16-17 al pecado se lo describe como el servir “a otros dioses” y adorarlos. Esdras nos habla de la ira de Dios contra todos “los que le abandonan” (Esdras 8:22).
Aún así, Su ira es permeada por Su misericordia, impidiendo que sea desatada en todo su esplendor. Pudiendo destruir a sus enemigos con una sola palabra de Su boca, es indulgente, esperando el día preciso para desatar el castigo.
En contadas oportunidades, Israel reconoció que el castigo que había sobrevenido sobre ellos era justo, como consecuencia de su impiedad y rebelión; por eso, clamaban a Dios por misericordia, pero nunca declaraban que Dios era injusto frente la aflicción que soportaban.
“Estamos tratando con uno para quien no solamente nuestras acciones sino nuestros pensamientos y nuestras motivaciones le son visibles. ¿Quién puede escapar a tal justicia? ¿Quién puede pararse delante de este juez tan implacable? Nadie. Cuando tomamos conciencia de esta verdad es que resentimos la justicia de Dios e intentamos negar su realidad de cualquier forma posible. Pero, sin embargo, no debemos negarla. Si lo hacemos, nunca podremos apreciar nuestra necesidad espiritual, como es necesario que la apreciemos si hemos de volvernos a nuestro Señor Jesucristo como nuestro Salvador. Si no nos volvemos a él, nunca podremos verdaderamente conocer a Dios ni conocernos a nosotros mismos adecuadamente. Sólo cuando conocemos a Dios como el creador es que podemos discernirlo como juez. Y sólo cuando lo conozcamos como juez es que podremos descubrirlo como nuestro redentor.” [2]
b. Lenta
Éxodo 34: 6; Números 14: 18; Nehemías 9: 17; Salmo 86: 15, 103: 8, 145: 8; Nahúm 1: 3
La lentitud de Dios para la ira es una consecuencia de su misericordia, clemencia y paciencia. Dios soporta graves ofensas sin vengarlas inmediatamente. Él ejerce un poder de control sobre sí mismo, es una “limitación” que ha impuesto a sus actos por su propia voluntad, haciéndose indulgente con el impío y deteniendo el tiempo para castigarle.
Esto se ha manifestado en muchas ocasiones, una de ellas, antes del diluvio. La humanidad era corrupta y la ira de Dios sería desatada, pero no lo hizo sin antes advertirlo, casi por ciento veinte años (Génesis 6: 3). De igual manera, soportó con paciencia las rebeliones del pueblo de Israel mientras atravesaban el desierto (Hechos 13: 18). Más tarde, cuando ya habían entrado en Canaán, los israelitas siguieron las costumbres impías de los pueblos que les rodeaban, volviéndose a la idolatría; y aunque entonces Dios les castigó severamente, no los destruyó por completo, sino que, en su angustia, levantó para ellos profetas. Cuando su iniquidad alcanzó extremos tales que sólo un Dios de paciencia infinita podía tolerarles, El, con todo, aplazó el castigo durante muchos años antes de permitir que fueran transportados a Babilonia (Nehemías 9: 7-38).
“Los hombres grandes según el mundo son irascibles, y no perdonan tan fácilmente las ofensas que les infligen como los de más humilde condición. Es la falta de poder sobre sí mismos lo que hace a estos hombres reaccionar impropiamente a la provocación. El príncipe que puede dominar sus pasiones es el Rey, no sólo para sus súbditos, sino también para si mismo. Dios es tardo para la ira porque es grande en poder. El no tiene menos poder sobre si mismo que sobre sus criaturas. No es que haya pasiones en la naturaleza divina, sino que Dios, en su sabiduría y voluntad, se complace en actuar con la nobleza y sobriedad propias de su sublime majestad.”[3]
c. Fuerte
Números 32:10-13; Isaías 13: 13, 30: 30; Deuteronomio 3: 26; Zacarías 7:11-14
Los escritores sagrados narraron acerca de la ira de Dios. Sus acciones son violentas, intensas, su furia es extrema, se exterioriza en las llamas y el fuego, donde manifiesta su irritación y la explosión de su paciencia. En la actualidad, el ser humano no ha experimentado toda la potencia de la ira divina, pero si en este tiempo de gracia no aceptamos Su amor y perdón, tendremos que soportar Su ira, porque Dios no puede tolerar el mal.
Jesucristo reflejó todo el carácter de Dios, aún se manifestó su celo e ira, en el instante en que hizo el azote de cuerdas, echando del templo a todos aquellos que había convertido la casa de Dios en mercado (Juan 3: 15-17). Fue Jesús quien experimentó la ira de Dios en la cruz para que fuéramos librados de ella.
d. Acumulada
Romanos 2:5-8, 9: 22
La justa ira del cielo no pone fin a tanta abominación actual, porque Dios soporta con mucha mansedumbre los vasos de ira preparados para muerte. Si Dios rompiera inmediatamente esos vasos reprobados, su poder de dominio propio no sería tan notable. Al sobrellevar su impiedad por tanto tiempo sin castigarla, queda demostrado el poder de su paciencia; pero aunque el impío piense que escapará de la justicia, esta ira está siendo retenida y acumulada para el momento preciso. “El molino de Dios va despacio, pero muele muy fino; cuanto más admirable, sea ahora su paciencia y benignidad, más terrible e insostenible será el furor que su bondad profanada causará.”[4]
“Los escritores del Nuevo Testamento hablan en muchas ocasiones sobre “la ira que ha de venir”. En el Nuevo Testamento se reconoce que estamos viviendo el día de la gracia de Dios, un día que se caracteriza por el libre ofrecimiento del evangelio de salvación mediante la fe en Jesucristo. Sin embargo, esto no significa que Dios haya cesado de sentir ira hacia el pecado o que no haya de desplegar su ira en el día futuro de su juicio. Por el contrario, la comprensión que uno pueda tener sobre ese día es que su ira es cada vez más intensa. Jesús en varias oportunidades habló sobre el infierno. Advirtió sobre las consecuencias del pecado y del castigo justo y seguro de Dios sobre las personas infieles. El autor del libro a los Hebreos escribió: “El que viola la ley de Moisés, por el testimonio de dos o de tres testigos muere irremisiblemente. ¿Cuánto mayor castigo pensáis que merecerá el que pisoteare al Hijo de Dios, y tuviere por inmunda la sangre del pacto en la cual fue santificado, e hiciere afrenta al espíritu de gracia? Pues conocemos al que dijo: Mía es la venganza, yo daré el pago, dice el Señor. Y otra vez: El Señor juzgará a su pueblo. ¡Horrenda cosa en caer en manos del Dios vivo!” (Hebreos 10:28-31).”[5]
e. Segura
Deuteronomio 1: 34, Salmo 95: 8-11
Hay dos motivos por los que Dios jura: al hacer una promesa (Génesis 22:16-18), y al anunciar un castigo (Deuteronomio 1: 26-37). En el primer caso, Dios juró en favor de sus hijos; en el segundo, para atemorizar a los impíos. Un juramento es una confirmación solemne y en algunas oportunidades Dios lo ha hecho en medio de Su furor y lo ha cumplido.
3. Qué produce la ira de Dios
Es curioso observar cómo los textos de la Biblia en los que se dice que Dios siente placer y gozo son extraordinariamente pocos en relación con los que hablan de su cólera. El motivo es evidente. En sus relaciones con la humanidad Dios se encuentra en contacto con la desobediencia y el pecado mucho más frecuentemente que con una actitud fiel. Por eso no hay que asombrarse de constatar que en las páginas del Antiguo Testamento los pasajes en los que se presenta a Dios como juez severo predominan notablemente sobre los otros en que se presenta como amable y misericordioso; se trata de aspectos que coexisten, pero con un claro desequilibrio en favor de la severidad. Así se comprende que en el Antiguo Testamento no haya un solo libro que no hable de la ira de Dios.[6]
La ira de Dios no es una venganza maligna, El no hiere por herir, tampoco lo hace como un medio para devolver una injuria recibida, es una consecuencia de la rebelión del hombre a la que se ve enfrentado de continuo, por medio de:
a. El pecado y la impiedad
Romanos 1: 18-20
El pecado es el rechazo a la ley y voluntad de Dios, cualquier infracción contra sus mandatos, santidad y soberanía. Impiedad, es la falta de temor a Dios por parte del hombre, que le conduce a asumir actitudes contrarias a la buena voluntad divina.
En el carácter de Dios no hay defecto alguno, ni la más leve tacha, por esta razón se manifiesta su ira como perfección. La indiferencia al pecado es una falta moral, Él no puede mirar con igual satisfacción lo puro y lo impuro.
“La ira de Dios es su eterno aborrecimiento de toda injusticia. Es el desagrado e indignación de la rectitud divina ante el mal. Es la santidad de Dios puesta en acción contra el pecado. Es la causa motriz de la sentencia justa que pronuncia contra los que actúan mal.
Dios se enoja contra el pecado porque es una rebelión contra su autoridad, un ultraje cometido contra su soberanía inviolable. Los que se sublevan contra el gobierno de Dios aprenderán que Dios es el Señor. Se les hará conocer la grandeza de su Majestad que ellos desprecian, y lo terrible que es esa ira que se les anunció y que ellos repudiaron”[7]
b. La desobediencia
Deuteronomio 29: 24-28, Éxodo 22: 22-23, Romanos 2: 8, Efesios 5: 6, Colosenses 3: 6
Las Escrituras nos enseñan que la desobediencia en uno de los pecados que suscita la ira de Dios pues es una resistencia pacífica a Sus exigencias o mandatos. Es rehusar la voluntad de Dios u obstinarse por hacer lo contrario. En el Antiguo Testamento se utiliza mucho para expresar el rechazo a oír los designios divinos y la actitud de no someterse o resistirse a ellos. El Nuevo Testamento cita que la ira de Dios está reservada para los hijos de desobediencia.
La rebelión, se refiere a una sublevación o levantamiento directo contra él, no doblegarse. La desobediencia es más pasiva, pero no deja de ser aborrecida por Dios.
c. El orgullo
Proverbios 16: 18, Daniel 5: 18-31, Isaías 2: 11-19, Jeremías 50: 29-32
Una de las raíces del mal es el orgullo y es lo que despierta la ira de Dios. Satanás y sus ángeles fueron expulsados por este pecado, y el hombre también puede experimentar el furor de Dios por esta actitud de arrogancia, soberbia, altivez y vanagloria. Es la antítesis de la humildad, es un insulto a su bondad. “El orgullo del rebelde, rehúsa depender de Dios y sujetarse a él, y en cambio se atribuye a sí mismo el honor que se le debe a Dios”.[8]
Las plagas en Egipto fueron una manifestación del poder de Dios para que los israelitas le conocieran, pero también eran consecuencia de la soberbia, orgullo y dureza de corazón de faraón (Éxodo 9: 15-21).
d. La incredulidad y la queja
Números 11: 1-3, 16-24,32-33; Deuteronomio 9: 3-7, I Corintios 10: 1-11
Israel experimentó en variadas ocasiones la ira de Dios como consecuencia de Su incredulidad y queja, pese a ver la bondad y misericordia de Dios en multitud de oportunidades. Esto hacía que Dios, exaltado, les castigara, y a muchos les costó no entrar en la tierra prometida.
e. La idolatría
Deuteronomio 4: 23-28, 7: 14-15, 32: 16-24.
En todo este contexto de sentimientos atribuidos a Dios encontramos también los celos, que son Su decidida oposición a la idolatría. (Éxodo 20: 5, 34: 14, Deuteronomio 5: 7-9, Nahúm 1: 2-3). Jehová “se enciende y arde” por el amor a los seres humanos y a su creación. Sus acciones, aun las más violentas, tienden a no mostrar su propio interés, sino su amor espontáneo. La idolatría despierta el furor divino por ser un acto de adulterio del pueblo contra un Dios fiel. Más que una venganza por su honor, es porque los ídolos desvían el corazón humano, llevando a la destrucción a los seres que Él ama.
“Los celos se convierten en sinónimo de cólera y de furor, términos que encontramos a menudo unidos y que moderan un tanto el significado inicial de los celos: “El Señor no le perdonará, sino que la ira y la indignación del Señor se encenderán contra él, y todas las maldiciones escritas en este libro caerán sobre él hasta borrar su nombre de debajo de los cielos” (Deuteronomio 29: 19). Expresiones por el estilo asumen en muchos casos un valor general, pues indican los celos de Dios que se manifiestan contra su pueblo, contra una categoría de personas o contra algún individuo concreto, y también contra las naciones paganas que se sitúan contra Israel.”[9]
f. Hipocresía de los falsos maestros
Mateo 3: 7-10, 23: 1-33; Marcos 12: 38-40
A menudo se llama a este sermón del Señor, “las siete calamidades”, por ser siete acciones realizadas por los fariseos que despertaban la ira de Dios:
23: 14 No permitir a otros entrar al reino de los cielos y no entras nosotros mismos
23: 15 Alejar a la gente de Dios como ustedes mismos
23: 16-22 Ciegamente permitir que la gente de Dios siga las tradiciones hechas por el hombre en lugar de la Palabra de Dios
23: 23-24 Involucrarse en detalles insignificantes pasando por alto lo que realmente es importante: justicia, misericordia y fe
23: 25- 26 Guardar apariencias mientras que su mundo privado es corrupto
23: 27- 28 Actividad espiritual para cubrir el pecado
23: 29-36 Pretender que se ha aprendido de la historia pasada, pero su comportamiento presente muestra que no ha aprendido nada.
“Traducción de la interjección griega ouai, que significa “pobre de”. Cuando Jesús dice “¡Ay de ti!”, no es tanto que esté pronunciando un juicio definitivo sino deplorando la condición desgraciada, a la vista de Dios, de aquellos a quienes se está dirigiendo. Esa condición radica en buena medida en el hecho de que viven en un paraíso de necios, inconscientes de la desdicha que les espera.”[10]
II Pedro 2: 1-22 Falsos maestros y su destrucción
4. La ira de Dios en el presente
Romanos 1: 18-32, Salmo 7: 11-12
La ira divina se manifestó al ser pronunciada la primera sentencia de muerte, cuando la tierra fue maldita y el hombre echado del paraíso terrenal; y, después, por castigos ejemplares tales como el Diluvio y la destrucción de Sodoma y Gomorra con fuego del cielo, y especialmente, por el reinado de la muerte en todo el mundo. Se manifestó, también, en la maldición de la Ley para cada transgresión, y fue dada a entender en la institución del sacrificio.
Pero la revelación sobre la ira de Dios en el Nuevo Testamento también se aplica al presente, como también lo hacía en el Antiguo Testamento. En Romanos 1:18 se utiliza el tiempo presente: “Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad”. Si el tiempo verbal fuera el futuro, también tendría sentido. Se estaría refiriendo al día futuro del juicio final de Dios. Pero al utilizar el tiempo presente, el versículo parece referirse a una revelación continua de la ira de Dios contra la maldad en todos los períodos históricos y en todo lugar; en otras palabras, contra toda clase de las consecuencias y resultados accesorios del pecado.
Estos resultados incluyen:
El oscurecimiento de nuestro entendimiento siempre que la verdad sobre Dios es rechazada (1.21). Incluyen el envilecimiento de la conciencia religiosa de las personas, y la subsiguiente degradación de la persona (1:23).
Las perversiones sexuales, las mentiras, las envidias, el odio, los homicidios, las contiendas, los engaños, la desobediencia a los padres y otras consecuencias (1:24-31).
No hay nada en estas listas que sugiera que el apóstol Pablo estaba sustituyendo los resultados presentes y mecánicos del pecado por una manifestación directa y personal de la ira de Dios en un día futuro, como algunos teólogos contemporáneos han enseñado.
Pablo ve la evidencia de esa ira futura en los resultados presentes del pecado. Podemos decir que Dios nos ha advertido del juicio que ha de venir: primero, por nuestra propia conciencia del bien y del mal, de la justicia y la injusticia; y segundo, por las evidencias de las muestras inevitables de la justicia de Dios que vemos hoy en día.[11]
5. El día de la Ira de Dios
Día del Señor, castigo eterno, juicio
Mateo 25: 31-46. Apocalipsis 6: 15-17, 15: 1,7; 16:1, 20: 11-15. Salmo 50. II Tesalonicenses 1: 4-10
La ira de Dios se manifestará en su temible plenitud en el final Día del Juicio, cuando aquellos que hayan rechazado la salvación serán enviados al lago de fuego para su eterno castigo (Romanos 2: 2-11). Es el día en el que el Señor establecerá Su reino (Isaías 13: 9), realizará el juicio a todos los moradores de la tierra (Isaías 26: 9-11).
Apocalipsis habla de «la ira del Cordero», y describe los tremendos juicios de la ira de Dios cuando llegue el momento en que Dios dé término a su paciencia ante un mundo que ha rechazado a su Cristo y que se burla de sus llamamientos de amor al arrepentimiento. Esta ira de Dios se manifestará «en llama de fuego, para dar retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo».
6. Cómo ser libres de la Ira de Dios
Romanos 5: 8-10, I Tesalonicenses 1: 10, 5: 9
Dios, que no quiere la muerte del pecador, sino que desea la salvación para todos, llama y advierte, por boca del mismo Jesucristo, a «huir de la ira que vendrá» , habiendo llevado sobre Sí mismo, en Su gracia maravillosa, la ira de Dios por nuestros pecados para que pudiéramos quedar libres de la ira y maldición (Gálatas 3:13).
Hay un día donde la ira de Dios se desatará completamente, y aquellos que hemos sido justificados por Jesucristo, seremos librados de ella. En Su muerte, El recibió toda la carga judicial de la ira de Dios contra el pecado; las personas que ahora creen en él, pueden experimentar su gracia abundante, en lugar de sufrir su ira (aunque la merecemos). La ira todavía se acumula contra los que no se arrepienten. La gracia no elimina a la ira, pero lo que la gracia sí elimina es la necesidad de que todos sufran por esta causa.
“No hay nada tan suave como el mar, sin embargo, cuando es sacudido por la tempestad nada puede rugir tan violentamente. No hay nada tan dulce como la paciencia y la bondad de Dios, ni nada tan terrible como su ira cuando se enciende. Así que, huyamos hacia Cristo; huye de la ira que vendrá, antes que sea demasiado tarde.”[12]
7. Importancia de conocer este atributo de Dios
“Examinemos nuestra vida. No hace mucho que seguíamos a la multitud haciendo lo malo, y no teníamos interés alguno en Dios ni en su gloria, viviendo sólo para agradarnos a nosotros mismos. ¡Cuán paciente e indulgente fue para con nuestra conducta impía! Y ahora que la gracia nos ha arrebatado como tizones del fuego, nos ha dado un lugar en la familia de Dios y nos ha engendrado para una herencia eterna en gloria, que miserablemente le correspondemos. ¡Qué superficial es nuestra gratitud, qué lenta nuestra obediencia, qué frecuentes son nuestras reincidencias! Una de las razones por las que Dios permite al creyente permanecer en la carne es para manifestar cuán paciente es para con nosotros.”[13]
a. Aborrecer el pecado
La ira de Dios es una perfección del carácter divino sobre la que necesitamos meditar con frecuencia. En primer lugar, para que nuestros corazones sean debidamente inculcados del odio que Dios siente hacia el pecado. Nosotros siempre nos inclinamos a considerar trivialmente el pecado, a excusarlo, y a consentir su fealdad. Pero cuanto más estudiemos y meditemos la aversión de Dios hacia el mismo, y su terrible venganza sobre él, más fácilmente nos daremos cuenta de su enormidad.
b. Temor a Dios
Isaías 8: 11-13, Lucas 12: 5, Hebreos 12: 28-29
La ira de Dios engendra en nuestros corazones un temor verdadero a Dios, no miedo, sino reverencia y respeto. Es el reconocimiento de Su poder, soberanía, santidad y majestad. El Antiguo Testamento lo reconocía como sinónimo de la verdadera religión (Salmo 34: 11, Jeremías 2: 19).
“Proviene de la conciencia que del Dios vivo tiene el creyente. Según Lutero, el hombre natural no puede temer a Dios perfectamente; según Rudolf Otto, es “completamente incapaz de temblar (grauen) o sentir horror en el sentido real de la palabra”. El temor santo, por otra parte, proviene de Dios y capacita al hombre para reverenciar su autoridad, obedecer sus mandamientos, odiar y evitar toda forma de maldad.
El temor a Dios es el principio regulador de la sabiduría (Salmo 111: 10); el secreto de la rectitud (Proverbios 8: 13); una de las características de las personas en las que Dios se deleita (Salmo 147: 11), y el deber total del hombre (Eclesiastés 12: 13). El temor de Dios estimula al creyente a buscar la santidad (II Corintios 7: 1), y se refleja en su actitud hacia sus hermanos en la fe (Efesios 5: 21).”[14]
No podemos servirle agradándole a menos que tengamos reverencia a su Majestad sublime, y temor a su justo furor; y la mejor manera de producirlo en nosotros es recordando a menudo esta perfección divina.
c. Gratitud a Dios
Debemos elevar nuestras almas en ferviente alabanza por habernos librado de la ira que ha de venir. Nuestra rapidez o nuestra desgana en meditar sobre la ira de Dios es un medio eficaz para ver cual es nuestra verdadera posición delante de él. Si no nos gozamos verdaderamente en Dios por lo que es en sí mismo y por todas las perfecciones que habitan eternamente en él, ¿cómo puede, pues, morar en nosotros el amor de Dios?
d. Gozo por la Salvación de Su Ira
Cada uno de nosotros necesita orar y estar en guardia para no hacerse una imagen de Dios según sus propias ideas e inclinaciones malas. El Señor, en la antigüedad, se quejó de que pensabas que de cierto sería yo como tú (Salmo 50:21). Si no alabamos la memoria de su Santidad (Salmo 97:12), si no nos regocijamos al saber que, en un cercano día, Dios desplegará gloriosamente su ira al vengarse de todos los que ahora se oponen a El, eso es una prueba positiva de que todavía estamos en nuestros pecados, en el camino que conduce al fuego eterno.
Grande será el gozo de los santos en aquel día cuando el Señor vindicará su Majestad, ejercerá su poderoso dominio, magnificará su justicia, y derrotará a los rebeldes orgullosos que se han atrevido a desafiarle.
8. La ira de Dios en las Escrituras[15]
Antiguo Testamento
Nombre jemah (המָחֵ , H2534) «ira, calor, furia, rabia, cólera, enojo».
Este nombre se encuentra en las lenguas semíticas con acepciones como «calor, ira, ponzoña, veneno». El nombre y también el verbo yajam denotan un alto grado de emotividad. El nombre se usa 120 veces, por lo general en la literatura poética y profética, particularmente en Ezequiel.
qetsep (ףצזקז , H7110) , «ira».
Este nombre aparece 28 veces en el hebreo de la Biblia con referencia particular a Dios. Un caso de la «ira» divina se encuentra en II Crónicas 29: 8 «Por tanto, la ira de Jehová ha venido sobre Judá y Jerusalén».
jaron (ורחָ , H2740) , «ira ardiente».
Los 41 casos de este vocablo abarcan todos los períodos bíblicos. El término se refiere exclusivamente a la «ira ardiente» de Dios. Jaron se encuentra por primera vez en Éxodo 32: 12.
Verbos jarah (הרָחָ , H2734) , «airarse, estar airado».
Este verbo aparece 92 veces en la Biblia. En su radical básico, el vocablo quiere decir «arder de ira» o enojo como en Jonás 4: 1.
qatsap (ףצַקָ , H7107) , «enojarse, airarse, enfurecerse».
Este verbo aparece 34 veces, con mayor frecuencia en el Pentateuco y en los profetas, y unas cuantas veces en los libros históricos y en la literatura poética. El término se usa en hebreo rabínico, pero se ha desplazado por otros verbos en el hebreo moderno. Es una antigua palabra cananea; una glosa en las tablillas de El Amarna tiene el significado de «preocuparse» y también de «sentirse amargado». En general, qatsap expresa una fuerte explosión emocional de ira, en particular cuando el sujeto es un varón.
El verbo qatsap se usa 11 veces para describir la ira humana y 18 la ira de Dios. Esto, junto con lo anterior, que el verbo se expresa generalmente desde un gobernante hacia sus súbditos, explica por qué el texto bíblico usa más a menudo qatsap para describir la ira de Dios.
Nuevo Testamento
orge (ὀργή, G3709), «enojo».
Su raíz (orgaó) significa “madurar para algo”; el sustantivo denota la ira que durante un largo período lentamente se ha ido acumulando.
thumos (θυμός, G2372), «enojo».
De la raíz (thyó) significa “derramarse ferozmente”, “estar acalorado de violencia”, o “respirar violentamente”. Su significado singular sería “un furor resollante”.
Verbo orgizo «llenarse de ira».
En varias ocasiones estas dos palabras aparentemente han perdido sus diferencias y son usadas indistintamente. Pero cuando corresponde hacer una distinción, orgé es más apropiada para mostrar cómo la ira de Dios en oposición al pecado crece gradualmente y se hace cada vez más intensa.
[1] Pink, Arthur. Los Atributos de Dios
[2] Ministerios LOGOI. Fundamentos de la fe cristiana. www.logoi.org
[3] Pink, Arthur. Los Atributos de Dios.
[4] Ibid
[5] Ministerios LOGOI. Fundamentos de la fe cristiana. www.logoi.org
[6] Diccionario Ravasi. Término: Ira. E-Sword
[7] Pink, Arthur. Los Atributos de Dios
[8] Diccionario Certeza. Término: Orgullo. e-Sword.
[9] Diccionario Ravasi. Término: Ira. E-Sword
[10] Diccionario Certeza. Término: Ay. e-Sword
[11] Ministerios LOGOI. Fundamentos de la fe cristiana. www.logoi.org
[12] Ibid
[13] Pink, Arthur. Los Atributos de Dios.
[14] Diccionario Certeza. Término: Temor santo. e-Sword
[15] Diccionario Vine. Término: Ira. e-Sword
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Muchas gracias por este estudio con respecto a la ira de Dios es de gran edificacion.El Señor le continue Bendiciendo animando y fortaleciendo en Su camino.